Debates abiertos, discursos ganadores

Percival Manglano

 

Las dos democracias más antiguas del mundo tienen a dos candidatos a jefe de Gobierno cuya mejor baza para ganar las elecciones es su mensaje de cambio y renovación.

Barack Obama en Estados Unidos y David Cameron en el Reino Unido tienen aparentemente bastante poco en común. Son candidatos de partidos ideológicamente opuestos, de orígenes sociales muy distintos y Obama no es ni siquiera el candidato oficial del Partido Demócrata a la Presidencia de Estados Unidos. Pero, ambos son caras nuevas que están intentando consolidarse como soplos de aire fresco frente a Gobiernos desgastados y caducos (el resultado de las elecciones municipales celebradas en el Reino Unido el 1 de mayo ha supuesto un espaldarazo para David Cameron; Londres tiene ya un alcalde conservador).

Los dos comparten, además, un momento de gloria que les catapultó hacia la primera fila de sus respectivos partidos políticos. Momentos de gloria salidos de un único discurso pronunciado en sendos congresos de Partido. Discursos que consiguieron cristalizar las aspiraciones e ideas de sus afiliados. En el caso de Obama, fue su discurso en la Convención del Partido Demócrata de 2004 http://www.youtube.com/watch?v=awQkJNVsgKM y, en el de Cameron, el del Congreso del Partido Conservador celebrado en Blackpool en 2005 durante el proceso de primarias para elegir su candidato a jefe de Gobierno http://www.conservatives.com/getfile.cfm?file=cameron2005-1&ref=VIDEO/3043&type=wmv

La trayectoria política de Obama y Cameron cambió radicalmente tras pronunciar dichos discursos. Es algo difícil de entender en España, pero fue así. En los 15-20 minutos que estuvieron sobre el escenario - hablando sin papeles - suscitaron la empatía de los miembros de su partido. Les transmitieron una idea de país y de partido en la que verse reflejados de forma a darles, al mismo tiempo, orientación y ánimos. Obama y Cameron fueron durante esos minutos el espejo en el que mejor se vieron reflejados sus compañeros de partido.

En ambos casos, se dice que al preguntar exactamente qué habían dicho, la mayoría de asistentes fue incapaz de recordar el fondo de los discursos. Recordaron, eso sí, las buenas sensaciones transmitidas, las cuales permanecerían mucho más allá del sentido de las palabras.

Fueron discursos viscerales, emocionales, sentimentales tanto en su contenido como en la forma de trasladarlos. Discursos, en suma, políticos. La experiencia de Obama y Cameron es política en estado puro al conseguir poner en palabras sensaciones que el electorado comparte pero que necesita que le estimulen para ser consciente de su fuerza.

Los discursos de Obama y Cameron no fueron, ni mucho menos, los únicos discursos del día. Se pronunciaron en competencia con muchos otros. Hubo una rivalidad por atraer la atención del público y Obama y Cameron fueron los vencedores.

Todos conocemos las virtudes de la competencia en los mercados económicos al asegurar el mejor producto o servicio para el consumidor. Los monopolios son enemigos de la calidad y satisfacción del cliente.

Una elección es fundamentalmente un mercado de sensaciones e ideas. Dentro del Partido Demócrata norteamericano y del Partido Conservador británico, lo ofrecido por Obama y Cameron fue lo más valorado en el momento de decidir cuál debería ser el discurso que uniese a sus afiliados y la persona para transmitirlo.

Es sintomático que muchos españoles hayan seguido con mayor interés el proceso de primarias demócrata para elegir al candidato a Presidente de Estados Unidos que la campaña para las elecciones generales en España. ¿Por qué? Por la competencia intrínseca en el proceso de selección de los candidatos norteamericanos.

A los españoles, como a la mayoría de los seres humanos, nos gustan los debates. Nos gusta que nos convenzan con argumentos. Nos gusta comparar antes de elegir. Nos gusta que nos estimulen nuestra confianza en nuestros dirigentes, saber en manos de quién estamos. Nos gusta elegir nuestro voto en base a la confrontación de ideas y de estilos. Y nos gusta saber por qué el candidato de un partido es esta persona y no otra.

Las audiencias de los debates televisados durante la campaña electoral atestiguaron nuestro interés por conocer las razones políticas que empujan a los candidatos a presentarse. Muchos fueron los españoles para los que la experiencia de la campaña electoral se limitó, básicamente, a seguir los debates televisados.

Quizá tenga algo que ver la tan alta tasa de voto ideológico en España con la baja calidad de sus campañas electorales, entendida ésta como la capacidad para dar elementos novedosos a los electores en base a los que decidir su voto. A falta de nuevas ideas y nuevos argumentos que estimulen un nuevo sentido dado al voto, los españoles se dejan llevar, en gran medida, por la inercia de su auto-proclamada identidad ideológica.

El Partido Popular sería el gran beneficiado en la reducción de este voto ideológico. Es bien sabido que el PSOE tiene una mayor tasa de voto ideológico y que los votantes del PP son más críticos y exigentes con su partido. Por ello, el PP debería ser el primer interesado en mejorar la calidad de las campañas electorales para hacer descender la tasa de voto ideológico, lo cual implica necesariamente más debates y más confrontación de ideas.

Al mismo tiempo, la escuela de formación básica para la preparación de las candidaturas nacionales deberían ser los debates internos del Partido. Debates públicos que ayuden a perfilar opiniones mayoritarias y discursos que sintonicen emocionalmente con los electores. Un debate a puerta cerrada es una contradicción en sus propios términos. O es público o no tiene capacidad para demostrar su valor provocando adhesión de opiniones.

Las democracias más avanzadas del Planeta tienen candidatos de la oposición que pasaron de ser personas relativamente desconocidas a ser líderes de su partido gracias a un discurso. Sus sistemas de democracia interna de partido lo permiten. Sus partidos dan a la palabra su verdadero valor que es, ni más ni menos, que capital.

Mientras en España los partidos políticos – y, en particular, el Partido Popular - no eleve su discurso político a través de una libre y pública competencia de ideas, los españoles continuarán reflejando en su voto el poco apego que tienen por escucharlo. El Partido Popular está obligado a hacerse entender mejor, no a obligar a los españoles a que le entiendan.

 

 
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